La anfitriona

Selección de textos sobre las tertulias en la casa de Mariquita Sánchez

Compartir en redes

Tertulias y vida social Por Rocío Relancio

Liniers, Pueyrredón, San Martín, Alvear, Balcarce, Rivadavia, Brown, Fray Cayetano Rodríguez, De Luca,  López y Planes, Parera, Alberdi, Echeverría, fueron algunos de los nombres que en distintos momentos se dieron cita en las tertulias de Mariquita. 

Los personajes más relevantes de la sociedad podían encontrar en la casa de los Sánchez de Thompson (y luego de Mendeville) un lugar de discusión e intercambio permanente. Los debates políticos se alternaban con lecturas de literatura, poesía y música. 

En este ambiente, las mujeres cumplian el rol de anfitrionas, amenizando los encuentros y creando el clima propicio para la discusión, ejecutando la música y la danza, organizando el espacio y los diferentes roles, manejando al personal de servicio, recibiendo a los invitados y siendo ellas mismas sujetos de discusión política y literaria.

Fragmento de Recuerdos del Buenos Aires Virreynal
SÁNCHEZ, Mariquita, Liniers de Estrada (c.1860),
“El ajuar de la casa” en Recuerdos del Buenos Ayres virreynal. ENE Editorial: Buenos Aires, 1953

El ajuar de la casa

Vamos a explicar las comodidades de aquel tiempo. En Buenos Aires estaba el Virrey, la Audiencia, Oficiales Reales y demás autoridades. Esto formaba una pequeña corte, que tenía más facilidad para tener lo que lo demás del pueblo carecía; así diré, como Larra, que había un pequeño cucurucho dentro de otro muy grande, que se diferenciaban mucho. Hablo del pueblo que no tenía otro comercio que con España.

Este comercio  era el monopolio de unos pocos; por ejemplo, tardaban en venir vidrios y se rompían los que había en las ventanas, se ponía un papel blanco y esto era admitido.

Volvamos a las comodidades de aquel tiempo. Las salas de las casas ricas contaban con sillas de jacarandá, damascos, ricas alfombras venidas de España por encargo. Pero estas salas se usaban en ciertos días; todo el año se recibía en el aposento o en una salita que había en el patio, enfrente de la calle, para vigilar la casa mejor.

En estas salitas: el duro suelo, una mesa con un nicho con alguna imagen, jaulas de pájaros y loros, una mesa de costura, un porrón de agua y un vaso pronto para si se pedía, unas sillas de paja muy ordinarias; era todo. En algunas había mitad de una de esas alfombras de Córdoba, llamadas chuses. Una copa en tiempo de invierno era lo más confortable. Lo más gracioso era que las gentes parecían no sentir el frío.

En los comedores, una gran mesa según la familia, otra como aparador y las alacenas con vidrios para que se vieran los objetos que había en ellas. Había mucha escasez de muebles, muy ordinarios. Es cierto que había mucha plata labrada, pero ésta era indispensable. La loza era muy cara y muy escasa; de modo que era una economía tener una docena de platos, unas fuentes y lo demás de plata no con gran profusión.

No se mudaba cubierto a cada plato y algunas veces comían dos cosas en un mismo plato. Y para beber agua había un jarro de plata que circulaba en la mesa. Los más pobres tenían peltre en lugar de plata.

La vida era muy triste y muy monótona. Con el dinero no se podía tener ni aún lo preciso, de modo que las gentes se veían en la necesidad de prestarse todo unos a otros. Y aún las casas más ricas tenían los mismos desagrados; se tomaba, por ejemplo, la loza, así que venía de España, y se rompían, como es natural, algunas piezas; llegaba un día en que se necesitaba y se andaba entre los amigos buscando lo que faltaba.

Aun de la misma casa del Virrey, que era aquí un Rey chiquito, el día que había una gran comida, el mayordomo con gran reserva venía a las casas ricas a pedir muchas cosas.

Sólo venían buques de España y los que hacían este comercio traían las cosas buenas en muy pequeño número. De este modo que las gentes andaban con empeños para poder tener alguna cosa de buen gusto.

Las casas de gran tono de Buenos Aires aún se pueden contar por sus rastros, eran muy pocas y sobre este punto había muy pocas excepciones. Era el sistema general.

La mayor parte de los hombres de fortuna eran hombres ordinarios; hacían fortuna con poco trabajo, vendían a precios fabulosos y no gastaban. Pronto tenían lo que entonces se llamaba riqueza; lo primero era tener casa propia, unos esclavos.  Lo muy preciso, diríamos ahora, entonces era mucho; ésta era una gran fortuna.

Ya he dicho que las salas de las pocas casas ricas eran muy ricamente puestas pero sólo se abrían en las grandes ocasiones. Y lo demás de las casas, blanqueadas las paredes con cal. El poner papel era muy costoso y no había quién lo pusiera.

Todas las gentes se sentaban al sol los días de más frío, con las puertas bien abiertas y una copa de fuego por mucho auxilio.

Los vinos que venían de España eran para la gente rica. El pueblo era de San Juan y Mendoza el que bebía.

Sobre el pensamiento romántico

Por Dra. Nathalie Goldwaser Yankelevich (CONICET-CEHP|DADU|UNDAV)

El ingreso de la corriente romántica a las entonces Provincias Unidas del Río de la Plata no tiene una fecha exacta. Hay estudios, sin embargo, que ponen a la década de 1830 como el puntapié inicial, luego de la llamada “época rivadaviana” donde lo que imperaba era la influencia iluminista europea.

El romanticismo pretendía una revolución en los sentimientos, en las formas de expresión y en los modos de mirar, y esto implicó el uso irrestricto de la imaginación, frente una realidad que se debía transgredir y modificar.

Los sellos y marcas del pensamiento letrado romántico se mostraban a través de la moda, de los nuevos modales, de la música y de la renovada cultura de “Salón”. Para aquella época, hablar de moda, de vestimenta, de afeites, incluso de un arte “tan” sensible como la música era signo de afeminamiento.

Esta corriente habilitó un camino discursivo sobre lo femenino, le atraía la figura de la mujer porque ella simbolizaba las virtudes de la nacionalidad y ponía en cuestión las injusticias sociales.

Larralde, Crisologo Av. 6309