Julio Cortázar y las armas secretas de la literatura

Alberto Laiseca

Cortázar comparaba a la novela y al cuento con una pelea de box. Decía que las novelas son combates que siempre se ganan por puntos, pero en los cuentos es indispensable ganar por K.O. No creo que siempre sea así. Al Ulises de Joyce lo ganó por muerte. Es un cross a la mandíbula. Las letras no fueron las mismas después de esta novela. Podríamos decir lo mismo con algunas obras de Faulkner o con Paradiso de José Lezama Lima. De todas maneras el principio del K.O. sí se cumple en el caso de Cortázar. Algunos de sus memorables cuentos son obras maestras. Aquí está su gran dimensión de escritor. Sus novelas, en cambio, son caminos abiertos, carecen de completud. En gran parte porque el propio Cortázar así lo deseaba. El creía mucho en la experimentación y la vanguardia. Se proponía la destrucción de la novela clásica pero con las mismas armas de la novela. Empezando por Rayuela, su obra maestra, donde él mismo nos habla de sus intenciones. Esto, necesaria y forzosamente, nos propone una novela de tipo abierto, sin final (o donde el final está en el principio), muy parecida a un modelo para armar. Rayuela, a propósito, no está terminada. La idea del autor es que los propios lectores la finalicen según sus miil maneras y caminos. Esto es tan así que las partes de Rayuela que, a mi entender, son más cerradas y extraordinarias, pueden ser separadas como cuentos autónomos.
Por ejemplo ese fragmento donde Oliveira asiste a un concierto de música contemporánea. Hay allí una vieja pianista, patética y absurda. No sólo toca pésimo sino que la música es horrísona. Las veinte personas que, por equivocación, habían ido a escucharla, se levantan y se van. Sólo queda Oliveira. La vieja ridícula le da lástima. Piensa que sería una canallada abandonarla en esta hora terrible. Cuando termina el concierto él intenta consolarla como puede. “Nadie comprende a los verdaderos artistas, madame.” “¿¡Cómo pueden hacerme esto!? ¡Yo, yo, que he sido premiada con medalla de oro!” La vieja parece un pterodáctilo dando graznidos arriba de una percha. Oliveira la acompaña, a pie, hasta su casa. Afuera hay unas de esas lluvias horribles de París. Cuando llegan al lugar donde vive la artista, ella encuentra que el hombre con quien comparte el departamento la ha dejado afuera. Oliveira, que ya está harto, le ofrece llevarla hasta un hotel barato para que ella pase la noche (luego él se volverá a su casa). Pero ella cree que él desea someterla a sus bajos instintos y produce un pequeño escandalete. Oliveira se va asqueado pensando: “Esto me pasa por meterme a redentor”.
Esta parte de Rayuela es como un cuento absolutamente autónomo.
El perseguidor es quizá uno de sus relatos más interesantes. Es, como sabemos, la historia de Charlie Parker, con toda la ficción del caso. El cuento tiene contacto con una vieja película en blanco y negro: Luces y sombras, con Kirk Douglas. En esta cinta el personaje es un trompetista loco que intenta alcanzar una nota imposible. Su instrumento no puede darla. Lo intenta de todas maneras y, al no conseguirlo, se destruye. Luego de una larga peripecia de pobrezas y borracherías lo atropella un coche. Tirado en la calle espera la ambulancia que lo llevará al hospital donde los médicos intentarán salvarle la vida. Al escuchar la sirena el trompetista dice totalmente alucinado: “¿Ven? ¿Ven? ¿Escuchan? Esa es la nota que yo buscaba. ¿Ven que sí existe?”. Y aquí termina la película.
En El perseguidor ocurre algo parecido: el músico, saturado de alcohol y marihuana, “persigue” expresar (mediante el fraseo bop) esa cosa final de lo que siente y de lo que se le ocurre. Más lo intenta más se le escapa. Tal vez el instrumento no sea el adecuado o, tal vez, lo que busque no exista. Muere sin conseguirlo.
Este cuento es también como una parábola del propio Cortázar, quien nunca quiso “ganar por puntos” en sus novelas, sino, como en sus cuentos, triunfar por K.O. Rayuela tiene mucho de improvisación jazzística, de fraseo bop. El también era un perseguidor se sentía que mientras más se acercaba más se alejaba.
Cartas de mamá y Las armas secretas son dos cuentos muy distintos pero, sin embargo, están relacionados por vasos comunicantes. En Cartas de mamá un muchacho logra enamorar a la novia de su hermano, un lisiado. Éste, al verse despojado, se suicida. Los otros se casan y se van a vivir a Francia. Pero el sentido de la culpa no los abandona: “Por lo que hicimos se suicidó el pobre Nico”. La madre de los dos hermanos, pese a no proferir ningún reproche, con toda evidencia ha jurado venganza. La pareja, instalada en París, empieza a recibir cartas desde Argentina. La vieja, simulando estar loca (y a lo mejor estándolo), les dice que Nico (el hermano muerto) planea viajar a Francia para instalarse y vivir con ellos. Cada “carta de mamá” es como una V2: una de esas bombas voladoras que los alemanes lanzaban sobre Londres. El resultado es que la culpa triunfa: el espíritu maléfico del muerto “viaja”, se instala entre la pareja y destruye su felicidad.
Las armas secretas es la historia de una chica francesa violada por un nazi de las tropas alemanas de ocupación. Los nazis ya han sido derrotados, el violador ha muerto, pero el fantasma del monstruo que abusó de ella sigue haciéndose presente a través de los recuerdos. Han pasado muchos años, la chica ha conseguido un novio que la adora, pero cuando están a solas y se supone que van a hacer el amor, el fantasma del nazi violador se interpone entre ella y su novio. Vale decir: las armas secretas de Hitler siguen funcionando a muchos años de terminada la guerra. Las bombas cohete de la humillación destructora siguen cayendo sobre la piba violada e impidiéndole ser feliz. Es por esto que encuentro conexión entre Cartas de mamá y Las armas secretas. Es como el mismo cuento contado dos veces.
Historias de cronopios y de famas equivale a un soplo de aire fresco en la obra de Cortázar. Aquí el escritor se tomó algo parecido a un descanso. Al principio yo, como todos, intenté buscar correspondencias entre estos personajitos y la vida real. En efecto: ¿quiénes son los cronopios, los famas y las esperanzas? Hasta que comprendí que Julio Cortázar se había esforzado aquí por crear un mundo autónomo, con leyes propias. Por supuesto siempre vamos a encontrar alguna correspondencia, puesto que el todo está en todas las cosas, pero estas coincidencias son pasajeras. El gran logro del genio de Julio Cortázar es haber edificado un mundo de seres que son como marcianos o venusinos. Su trabajo, en este libro, es símplemente una práctica de alegría, imaginación y humor. Nada más ni nada menos. No se puede sacar de aquí ningún desprendimiento moral o social. Cronopios, famas y esperanzas no somos nosotros: son ellos y sería un grave error considerarlos de otra manera. Es como un mundo poblado por ornitorrincos, perdices y pterodáctilos, que tienen aventuras los unos con los otros pero que nada (o muy poco) tienen que ver con nuetras sociedad humana.
Voy a citar un único fragmento, que a mí me parece delicioso, y que habla del sentido del humor de Cortázar: “una esperanza se hizo una casa y le puso una baldosa que decía: Bienvenidos los que llegan a este hogar.
“Un fama se hizo una casa y no le puso mayormente baldosas.
“Un cronopio se hizo una casa y siguiendo la costumbre puso en el porche diversas baldosas que compró e hizo fabricar. Las baldosas estaban colocadas de manera que se las pudiera leer en orden. La primera decía: Bienvenidos a los que llegan a este hogar. La segunda decía: La casa es chica pero el corazón es grande. La tercera decía: La presencia del huésped es suave como el césped. La cuarta decía: Somos pobres de verdad pero no de voluntad. La quinta decía: Este cartel anula todos los anteriores. Rajá, perro”.
En el mismo libro (y antes de Historias de cronopios...) tenemos tres capítulos: “Manual de instrucciones”, “Ocupaciones raras” y “Material plástico”, donde Julio Cortázar hace derroche de puro genio. Un lector distraído, a causa de estas fantasías, podría llegar a acusarlo de nihilista. No es así. Cortázar, simplemente, denuncia la estupidez de los actos cotidianos (subir una escalera, por ejemplo) cuando no hay en nuetras vidas un camino claro, un amor o un propósito trascendente.
Conducta en los velorios, por ejemplo, donde una familia se dedica a desenmascarar la hipocresía de los deudos, a poderándose del funeral, está entre las mejores páginas de la literatura argentina.
Casa tomada es, quizá, su cuento más misterioso, leído y comentado. Se ha dicho que simboliza la decadencia y caída de una clase social argentina (la que en la década del treinta tiraba manteca al techo en sus viajes a Europa, con dinero proveniente de campos y vacas). Si bien yo coincido, con un escritor como Cortázar hay que andarse con mucho cuidado. En Cortázar aun lo obvio admite otra mirada, nuevas búsquedas, otra vuelta de tuerca. La vieja casa que poco a poco va siendo copada por un enemigo invisible, casi abstracto, un monstruo que los arrincona y por fin los expulsa, entre muchas interpretaciones inspira la siguiente: la comodidad, la falta de sexo y de vida, la repetición eterna y estúpida de actos cotidianos (tema caro a este autor) fabrica, poco a poco, una bestia abominable que se lo traga todo.
Hace poco, hablando con un amigo mío, gran escritor, yo le dije que, según mi opinión, Jorge Luis Borges era un escritor desparejo. Entonces mi amigo me contestó irónicamente: “Es cierto. Borges es desparejo. Tiene sólo seis o siete obras maestras”. Me bajó de un hondazo. Más allá de la chicana hay que reconocer que es cierto: Borges tiene por lo menos seis o siete obras maestras.
Ahora bien, parafraseando a mi amigo, podríamos decir lo mismo de Julio Cortázar. Él buscó en sus novelas resolver un problema jazzístico: exponer la trascendencia mediante la discontinuidad, el fragmento, el fraseo bop. Se puede discutir el instrumento, si el camino estético elegido era o no erróneo, pero lo que no puede negarse es que Julio Cortázar, con su genio, con sus seis o siete obras maestras, le ganó K.O. a la mediocridad, al gesto vano y estúpido de todos los días.