“ ... por
suerte llegaron estos chicos para ganar una batalla..........
Mientras los
ladrones de hierro levan saqueado el 25 por ciento de las tapas de alcantarilla
de la ciudad de Buenos Aires, un grupo de alumnos y
docentes de una escuela industrial las fabrican a menor costo que el
ámbito privado y poco a poco van eliminando las trampas, a veces fatales,
que amenazan a los vecinos. Otra victoria de la solidaridad...
“Ver encendido el horno de la escuela fue un momento
de gran emoción. ¡Empezaba la reactivación industrial que tanto queremos y necesitamos!". No lo dice
un notorio funcionado en campaña, no. Lo dice un anónimo estudiante: Emiliano
Fernández (17), quinto año de la Escuela Nacional de Educación Técnica N0 33 Fundición Maestranza del
Plumerillo, Nueva Pompeya. Fernández, pelo largo,
ojos vivaces, pasión por el metal: el
heavy en música, pero también el que, fundido, rojo, líquido,
a chorros, y frío, sólido e inconmovible después, sirve a la vida humana.
Femández, que con sus compañeros de cuarto y quinto
año en el programa educativo Aprender
Trabajando, fabrica tapas de alcantarillas:
aquellas que los vándalos robaron - un 25 por ciento de los 35 mil totales
- convirtiendo esos desagües en peligrosas trampas, a veces fatales. La historia
empezó el año pasado, cuando el robo de tapas llegó a un pico insostenible.
Fernando Fornas (director de Obras Públicas) visitó
el colegio industrial de Pompeya, anotó sus necesidades
(instalación de gas, reparación de la chimenea del horno de fundición, provisión
de matafuegos y de carteles de seguridad) y lanzó el plan a partir de un convenio
entre Obras Públicas y Educación: la Ciudad le entrega a la escuela chatarra,
carbón de coque y asesoría técnica, y los alumnos
fabrican las tapas.
Victor Seco (17), alumno de quinto año, recuerda: "Cuando vi caer el
chorro metálico y sentí el fuego en
la cara, pensé que ese calor era un símbolo del trabajo en equipo de los alumnos y los, profesores. Fue emocionante.
. . ".
Entra en
juego Juan Ibarra (18), de ojos picaros y un flequillo que se le escapa del
casco protector. “Ver en la calle lo que aprendimos en la escuela es bárbaro.
Es lo más... ", dice.
El pequeño
ejército fierrero,
sesenta, entre alumnos y docentes, lleva casco, protector de ojos, guantes
y botines de seguridad. Uniforme imprescindible, porque el homo, a 1.500 grados,
escupe chispas, mientras el hierro fundido rueda por un canal y cae sobre
las cucharas, recipientes con forma de balde que luego dejan caer su carga
sobre los moldes.
Alfredo da
Cunha, director de la escuela, la única de metalurgia en el
país, cuenta que “la producción ronda
las cincuenta rejas por mes. Desde luego, un ritmo pedagógico, no de fábrica
convencional".
Primeros
beneficiados: los barrios de Pompeya, Parque
Patricios, La Boca y Villa Lugano, a la cabeza del robo de tapas, que pesan 70
kilos y se venden a 20 pesos cada una en el mercado negro. Costo: mientras una
fábrica privada cobra 3 pesos por kilo de fundición, la escuela lo produce a sólo un peso.
No es casual
que la escuela se (lame Maestranza del
Plumerillo. Evoca, claro, aquella primitiva y heroica industria que, a
las órdenes de Fray Luis Beltrán, fabricaba en la mendocina Plumerillo las armas que San Martín
y su Ejército de Los Andes llevarían triunfantes por media América. Muy
distinta es esta pequeña gesta de aquélla, ornada de laureles. Sin embargo,
el hierro que funden cada dla esos chicos también gana una bataIla.
Se llama solidaridad.”