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Garage Olimpo

Única función especial del largometraje de Marco Bechis, en conmemoración del 50° aniversario del golpe cívico-militar del 24 de marzo de 1976. Se exhibirá en copia de archivo 35mm.

Garage Olimpo (1999)

Domingo 22 de marzo, 18 horas

Sinopsis

El sello distintivo de la dictadura militar fue la realización de los “vuelos de la muerte”, con los que se puso en práctica una versión argentina de la “Solución Final”: los prisioneros de los centros de detención clandestinos eran anestesiados y arrojados vivos al océano desde aeronaves militares en vuelo. En este contexto, la trama del film gira alrededor de la historia de María, una joven militante y alfabetizadora. Algunas dificultades económicas han llevado a su familia a aceptar pensionistas, entre los cuales está Félix, un joven tímido y enamorado de María, que no parece tener pasado ni familia y dice trabajar como sereno en un garage. Félix y María no estarán ajenos al contexto en el cual se desarrollan sus vidas.

Argentina/Italia/Francia, 1999

98 minutos

Color / Español, francés, italiano

35mm

 

Dirección: Marco Bechis.

Producción: Amedeo Pagani, Marco Bechis, Enrique Piñeyro, Diego Dubcovsky, Daniel Burman.

Guion: Marco Bechis, Lara Fremder.

Dirección de fotografía: Ramiro Civita.

Montaje: Jacopo Quadri.

Sonido: Guido Berenblum.

Música: Jacques Lederlin.

Diseño de producción: Rómulo Abad.

Dirección de arte: Caterina Giargia.

Diseño de vestuario Caterina Giargia, Marisa Urruti.

Antonella Costa, Carlos Echevarria, Enrique Piñeyro, Pablo Razuk, Dominique Sanda, Chiara Caselli, Paola Bechis, Ruy Krieger, Marcelo Chaparro, Miguel Olivera, Érica Rivas, Gonzalo Urtizberea, Roly Serrano, Adrián Fondari.

Una producción Nisarga, Classic y Paradise Film.

Empecé a pensar esta película cuando empecé a pensar en hacer cine. Ya en 1980, en Milán, junto con Amnesty International, hice una videoinstalación, que se llamaba Desaparecidos-¿Dove sonno?, y que era la puesta en escena de un campo de concentración, en particular del llamado Club Atlético, donde yo había estado. Reconstruí una calle de la ciudad, un corredor con cincuenta televisores en los que flameaba la bandera argentina y pasaban los nombres de los desaparecidos (al menos de los que se tenía constancia en aquella época, que eran unos cinco mil), con la edad y fecha de desaparición, y el sonido eran los goles del Mundial 78 gritados por Muñoz. Esto desembocaba en un corredor subterráneo donde no había absolutamente nada, salvo unos parlantes que colgaban del techo, sostenidos por su propio cable, y que emitían en un volumen muy bajito –como hay en algunas iglesias de Europa– una voz neutra que comentaba qué pasaba en cada zona de un campo de concentración. Era una muestra sin una sola imagen, provocativamente diría, porque en aquella época en Europa existía la morbosa costumbre de hablar de estos temas con imágenes truculentas, con testimonios de torturas convertidos en un espectáculo, algo que yo quería evitar por completo. Aquélla fue mi primera acción artística y ya prefiguraba Garage Olimpo.

El hecho de que los actores sean todos jóvenes y casi desconocidos, por lo menos acá, me permitió trabajar de una manera muy libre. Trabajé sin guion, o mejor dicho, yo tenía el guion (que iba cambiando constantemente, hasta el final del rodaje) pero los actores no; ellos no sabían lo que les iba a pasar a cada uno de sus personajes. El punto central era trabajar de otra manera. Si hacés una película de este tipo y la hacés como todas las demás, no puede salir una película diferente. Yo quería que la película fuera diferente. Era absolutamente indispensable que me trazara una línea de trabajo muy personal, muy definida, que me permitiera estar conectado con mi inconsciente para que todo eso fluyera muy rápidamente. Por lo cual filmé en continuidad, de la primera a la última escena. A su vez, los actores no ensayaron escenas concretas, pero tenían una preparación sobre el personaje que representaban. Por ejemplo: los que hacen de militares habían hecho un mes y medio de entrenamiento militar, con un ex marino que después fue de la Juventud Peronista. Este entrenamiento les sirvió para entrar en los personajes. Sabían por lo tanto los métodos de allanamiento, sacar una pistola, sabían cargarla, pero no sabían lo que les iba a pasar a ellos como personajes. Otro tanto sucedía con los actores que interpretan a las víctimas. Eso me permitió entonces no hacer descansar sobre los actores la responsabilidad de la película, una responsabilidad que a veces es una angustia, que no ayuda al aquí y ahora de un rodaje.

Marco Bechis, entrevistado en 1999 por Página/12.