La transmisión de la experiencia y la preservación de la historia

Jorge, un Adulto Mayor de 82 años, nos cuenta sobre la importancia de las relaciones intergeneracionales.

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Como cualquier otro fenómeno social, la relación entre las generaciones se ha ido modificando a través del tiempo. Esta relación considera múltiples aspectos pero me refiero particularmente a dos de ellos: la transmisión de la experiencia y la preservación de la historia.

En las sociedades primitivas, especialmente en las que dependían de la tradición oral, el rol de los ancianos era de gran importancia. Sin embargo, los usos y costumbres evolucionaban con gran lentitud. En el mundo actual, al contrario, la velocidad del cambio es cada vez mayor. Cambios no sólo tecnológicos y científicos, sino también políticos, sociales y especialmente los que refieren modos de vivir. La vida actual se desarrolla dentro de escenarios que mutan constantemente. Tratar de entenderlos y en lo posible participar en ellos sin convertirnos en meros espectadores es un desafío para los que hemos llegado a la tercera edad e incluso para muchos que son más jóvenes que nosotros.

Las relaciones intergeneracionales se desarrollan en esta nueva realidad y un aspecto interesante refiere al valor de la experiencia acumulada y su utilidad para los más jóvenes. En primer lugar es bueno recordar que nuestra experiencia puede no ser tan vasta como creemos porque suele haber una cuota de repetición de las mismas experiencias que además están condicionadas por nuestra formación, ideas preconcebidas e incluso por cierto exceso de prudencia que nos aportan los años. Y por supuesto tenemos un déficit de experiencias relacionadas con la forma de interactuar de los jóvenes y con el entorno tecnológico en el cual habitan. Conviene tener presente estos condicionantes para lograr una relación más equilibrada y madura con las nuevas generaciones.

Afortunadamente, queda un vasto campo de transmisión de experiencias valiosas que resisten el paso del tiempo, el cual se ampara en el afecto recíproco de nietos, hijos y abuelos. Entre ellas está en primer lugar la transmisión de los valores éticos fundamentales, los cuales se mantienen presente a lo largo de la vida.

Donde la función de los mayores es insustituible es en la transmisión de la historia familiar. En un mundo que cambia y se masifica vertiginosamente, es importante no perder el anclaje con el pasado y reforzar el sentido de pertenencia. No obstante, la transmisión oral tiene serias limitaciones, se distorsiona y tiende a perderse irremediablemente y a gran velocidad de generación en generación. Desaparecidos los actores, las tinieblas han ido borrando todos los rastros del pasado. Es una pena, porque son historias que hacen a nuestros orígenes, a la aleatoria cadena de eventos que determinaron nuestro presente. Se trata de dejar algunos retazos de historias de la familia que hemos vivido o que nos contaron, que fuera de ella carecen totalmente de interés pero que en su ámbito adquieren un valor emotivo que vale la pena preservar. Para contar eso, no hacen falta los personajes excepcionales, nos bastan los seres comunes y normales que actuaron como pudieron en los tiempos en que les tocó vivir.

Por todo ello vale la pena hacer el pequeño esfuerzo de ponerse a escribir, que suele además revelarse como una experiencia enriquecedora. Si en cada sucesiva generación hubiese un miembro que tomase la posta en la tarea, se formaría una suerte de saga de gran valor para la familia.

*Escrito por Jorge Cugnasco, Adulto Mayor de 82 años.