Sobre modas y tendencias

Selección de textos sobre las moda en el siglo XIX

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Fragmento de Recuerdos del Buenos Aires Virreynal SÁNCHEZ, Mariquita, Liniers de Estrada (c.1860), “El virreynato. La vestimenta. La moda de las mujeres” en Recuerdos del Buenos Ayres virreynal. ENE Editorial: Buenos Aires, 1953

LA VESTIMENTA

Los sastres eran lo más malo. Los elegantes hacían sus encargos, pero tardaban tanto en venir que muy pocas gentes se vestían bien.

Todos los oficios guardaban la misma proporción. Las petimetras, tenían que andar toda la semana las criadas para tener los zapatos para el domingo; de raso, de diferentes colores, pero los más usados eran blancos, aunque hubiera mal piso, y el gran lujo eran los bordados de oro y plata y piedras que costaban cada par una onza de oro. Después los hacían los zapateros con una badana ordinaria y de mal olor y las mismas señoras los ribeteaban. No se conocía la cabritilla, sino un cuero duro que se llamaba cordobán, cosa que usaban las gentes ordinarias, porque la gente fina no usaba sino raso o terciopelo. Los hombres viejos, paño; los jóvenes, los cueritos que había entonces, que ni memoria hay ahora de cómo eran. No se conocía el betún para el calzado de los hombres.

La gente pobre andaba descalza. De aquí viene la palabra chancletas, porque los ricos daban los zapatos usados a los pobres y éstos no se los podían calzar y entraban lo que podían del pie y arrastraban lo demás. La gente pobre andaba muy mal vestida; los medios de ganar, escasos. Las gentes que podían gastar lo hacían todo con esclavos y todo costaba mucho.

LA MODA DE LAS MUJERES

Voy a pintar el vestido de las elegantes de aquel tiempo. En la calle, siempre de basquiña; éstas eran, a lo más, de dos varas de ancho; por lo regular, vara y media era todo el ancho, pues se llamaban de medio paso; todo el pliegue recogido atrás, de largo al tobillo. Para que no se levantasen se les ponía de guarnición una hilera de municiones que se achataba con un martillo y esto se ocultaba en el ruedo. De modo que marcaba todas las formas, como si estuvieran desnudas: a lo que se agregaba dos o tres flecos o uno muy ancho, o una red de borlitas que acababa en picos, con una borla en cada uno de ellos.

Como era lo más fácil que, a pesar del peso, por lo angosto, al subir o pasar un paso se vieran las enaguas, había lujo de encajes y bordados.

Los brazos desnudos en todo tiempo, y descote, una mantilla de blonda y un aire que se llamaba gracioso de cabeza levantada, que ahora se diría insolente, y todas eran muy inocentes,

Los géneros más ordinarios parecían bien, porque no había otros. Para abrigarse las señoras usaban un gran pedazo de bayeta de pellón, que se llamaba rebozo. La vara de esta bayeta costaba diez, doce duros, y luego se adornaba con una cinta más o menos rica.

La gente pobre usaba este mismo rebozo de unas bayetas muy ordinarias que hacían en Córdoba; se le llamaba picote. La mayor cantidad que traían era blanco y en las casas lo teñían morado o de otros colores, para vestir a los criados.

Larralde, Crisologo Av. 6309