El vínculo entre Mariquita y Juan Manuel de Rosas no fue sencillo, sino largo y complejo. Sus conexiones se remontan a sus antecesores: Don Cecilio Sanchez de Velazco, padre de Mariquita y Clemente López de Osornio, abuelo de Rosas, eran socios y amigos; y, tras la muerte del segundo, Sánchez se hizo cargo de sus hijos hasta la mayoría de edad.
De esta forma, Mariquita y Juan Manuel, y sus respectivas familias, mantuvieron relaciones muy amistosas desde la infancia.
Ya en la adultez, cuando sus ideas los separaban, el recuerdo del pasado familiar los llevó a mantener una cordialidad poco usual para los opositores del régimen rosista.
Ejemplo de esto son los innumerables permisos obtenidos por Mariquita para cruzar el Río de la Plata durante su exilio, o la familiaridad con la que intercambian cartas. Pero sin duda, la anécdota que nos da cuenta del respeto del Restaurador por su amiga a pesar de sus diferencias políticas, ubica a Mariquita en un baile en la San Benito de Palermo, residencia de Rosas.
Como era la costumbre, todas las mujeres se vestían de rojo punzó, característico del partido federal. Todas menos Mariquita, que asistió vestida de celeste, color que identificaba a los unitarios. Al verla, Rosas la cuestionó.
- Mariquita, ¿Cómo te me venis de celeste?
- Para hacer juego con tus ojos, Juan Manuel.- le contestó ella.
Carta de Mariquita Sánchez a Esteban Echeverría Sanchez, Mariquita (1819). “A Esteban Echeverría”. En Mizraje, Gabriela [ed.] (2003), Mariquita Sánchez de Thompson, Intimidad y política. Diario, cartas y recuerdos, (pp.332-333). Adriana Hidalgo Editora:Buenos Aires, 2010.
Buenos Aires, 17 de abril de 1845
Señor don Esteban Echeverría
Querido Amigo:
Usted pensará que lo tengo olvidado. Ni por un momento lo crea usted; pero es imposible sacar partido de su pacotilla...
Tenga usted un poco más de paciencia, no se ahogue en la arena, cobre valor, puede ser que esto se pueda realizar mejor y, en este caso, tendré mucho gusto en servirle, pues soy su amiga.
Vamos a ala gloria. El señor Rugendas, a quien ha visto usted en casa de Pepita, habría tenido mucho gusto de conversar con usted, pero como no hay nada más difícil que hacer apartes en nuestra sociedad, porque ignora los placeres de la libertad social, se quedó muy calladito. Este señor es un admirador de usted y es voto. Es un hombre de alta concepción. Conoce nuestra América, se ha identificado con ella, es un americano indulgente y amante de nuestro país. Tengo el placer de hablar con él de todo y me ha contado que ha hecho dos cuadros, tomando sus Rimas de usted por asunto. De modo que usted tendrá este aluro sin sospecharlo. Le he dado un ejemplar de sus Rimas, le he hablado de sus últimas composiciones de usted, que aún no han visto la luz. Tiene una alta idea del saber de usted y le admira y le quiere por la opinión que sus poesías le han dado de su corazón y sensibilidad. Considera perfecta la pintura que usted hace de las pampas. Cree él que usted concibió primero el paisaje y después tomó sus figuras como accesorio para completar aquél. Mucho deseo que hable usted con él cuando vuelva. Yo le he hablado de usted con atención, con el parecido que hago de su juicio y talento. Rugendas publicará un viaje que será sin duda el primero de más valer para América. Ahora recorre esta pobre patria nuestra, toma vistas y golpes de dibujo para trabajar. ¡No se embrutezca usted, por dios, luche con el plomo que llueve sobre nuestra imaginación, alce la cabeza no se duerma, trabaje para ver los cuadros de Rugendas!
¡Qué bien que hizo usted en ponerle María a la gaucha de su romance! Éste es nombre perseguido por la desgracia, nombre fatal. Para una heroína desgraciada es el más a propósito. En fin, la desgracia está a la moda. ¿Qué me dice usted de Juanita S...? Hay, para un poeta, asunto. ¡Qué destino perverso! ¡No hay que aspirar a la felicidad en esta indigna vida! ¿Ha conocido usted a algún dichoso? Sólo un instante para atormentarlo después con la privación del bien que ha poseído, y en esta nuestra tierra el mal viene con profusión, y los consuelos, para siquiera suavizarlo, ninguno