Aunque cueste creerlo, nuestro Obelisco no siempre fue aceptado por la ciudadanía como el símbolo que es hoy en día. El camino para lograrlo fue arduo. Los diarios de aquellos años le pusieron motes como “tachuela monumental”, “armatoste sin sentido” y hasta "feo punzón”. Es que simple y enigmático, fruto de una arquitectura exponente del modernismo argentino, rapidámente fue juzgado de manera negativa por gran parte de la sociedad del momento, que además se dividía entre quienes preferían la renovación de la Ciudad y sectores más tradicionalistas.
Pensado ya desde el inicio para convertirse en el centro de ese núcleo compuesto por nuestras avenidas más importantes, 9 de Julio y Corrientes, el intendente de aquel entonces, Mariano de Vedia y Mitre, le encargó la construcción al arquitecto tucumano Alberto Prebisch, con motivo de celebrar el cuarto centenario de la fundación de Buenos Aires. La ubicación elegida además tenía un poderoso valor simbólico: allí estaba la iglesia San Nicolás de Bari, en cuya torre se izó por primera vez la bandera argentina, en 1812.
Hecho de hormigón armado, el Obelisco mide 67,5 metros de alto -culminando en un pararrayos difícil de ver a simple vista- y tiene una base de 6,8 metros por lado. Posee solo una puerta de entrada a través de la cual se accede a una escalera marinera de 206 escalones con 7 descansos; un largo camino que lleva a la cúspide, donde nos encontramos con un mirador de cuatro ventanas.
Cada una de sus cuatro caras recuerda un hecho histórico: la primera fundación, en 1536; la segunda y definitiva, en 1580; la primera vez que se izó la Bandera Nacional en Buenos Aires, en la torre de la iglesia de San Nicolás, en 1812; y la constitución de la ciudad como Capital Federal, en 1880.
Inaugurado en 1936 (solo 60 días llevó su construcción), fue tan resistido durante sus primeros años, que se llegó al punto de que el Concejo Deliberante sancionara su demolición. Decisión afortunadamente vetada por el intendente de entonces ya que el devenir de los años hizo que fuera ocupando su sitio de privilegio y se haya convertido en un símbolo de la Ciudad de Buenos Aires, así como la Torre Eiffel lo es para la ciudad de París, o la Estatua de la Libertad para la de Nueva York.
El Obelisco ha sido testigo de manifestaciones históricas, se ha transformado en escenario de festivales de tango, de rock y de música clásica; así como también ha sido protagonista de intervenciones artísticas, como aquella que, en septiembre de 2015, generó el truco de haberse quedado sin su punta gracias a una ilusión óptica a cargo del artista Leandro Erlich, o como cuando, a partir de una votación llevada a cabo desde Participación Ciudadana el monumento se iluminó con el azul y amarillo de Boca Juniors, club ganador de una encuesta para determinar los colores de qué cuadro futbolístico llevaría el icono porteño.
Si bien el acceso al interior del Obelisco no está contemplado, en ocasiones especiales se abre al público. También de la mano de Participación Ciudadana, durante tres aniversarios consecutivos, vecinas y vecinos de la Ciudad pudieron participar de #ExperienciasBA únicas que les permitieron, con todas las medidas de seguridad necesarias, conocerlo por dentro, subir hasta el mirador y apreciar la Ciudad desde una perspectiva nueva y fascinante.
Enmarcado muchas veces como postal porteña junto a Carlos Gardel -que no llegó a conocerlo debido a su prematura muerte, un año antes de su construcción-, el Obelisco se ganó sin lugar a dudas su lugar en la historia de la Ciudad y en el corazón de los porteños y las porteñas.
