Colores del arrabal. Demetrio Iramain (1907-1990).
Gracias al préstamo de obras procedentes de la familia del autor, el MBQM recuerda al artista tucumano, referente indiscutido del paisajismo regional, que a mediados del siglo pasado supo acercarse a la bohemia boquense. Habiendo compartido sus preocupaciones y motivaciones en torno a la realidad del trabajo, hoy Quinquela vuelve a recibirlo en su casa.

Demetrio Iramain pintaba los suburbios, el contorno, la belleza que habita entre la gente humilde. Santiagueño de nacimiento y tucumano de crianza, el color del Aconquija, la intensidad de las procesiones, los perros, las mujeres con pañuelos, los hombres bajo sus ponchos, le dieron el tono justo que sus ojos inquietos buscaban por entre los bordes de la gran ciudad.
Cuando vino a vivir a Buenos Aires, en los años cincuenta, encontró esa fauna urbana en el barrio de La Boca. Frecuentó a Juan de Dios Filiberto, a Quinquela Martín, que le servía fideos en su casa frente al Riachuelo, hoy museo histórico. Habitó la bohemia de aquellos años en los que la clase trabajadora, con sus ruidos y dolores, entraba por la puerta grande a la historia de este país.
Se identificó con el destino de la gente pobre. Descifró el misterio de los conventillos, las sombras, las líneas rectas torcidas de los patios donde si entra demasiada luz se acaba el infinito. Obtuvo premios y medallas por ello, ninguno tan importante como saberse digno hijo de Dios, que no conoció pero que honraba estampándole una cruz al lado de su firma en cada cuadro.
Una vez me dijo que había ideas sobre el mundo que aún no habían tenido oportunidad de probar su efectividad para organizarlo de un modo más humano y justo. Esperaba por ellas tanto como el exquisito rosado que lograba en sus lapachos. Yo las busco desde entonces. Ahí nos reencontraremos algún día, cuando la tierra se parezca al futuro venturoso que va a ser.
Demetrio Iramain (nieto)